Orgasmos bajo el vientre de Nut: (des)heredando (des)información

Los espejos y la cópula son abominables porque multiplican el número de los hombres. 

Jorge Luis Borges
Tlön, Uqbar, Orbis Tertius

Varias preguntas e incertidumbres me han secuestrado la cabeza en lo que ha durado la cuarentena, y este espacio sirve para explorar y señalar algunas de ellas que se comportan como un virus. He decidido relacionar una con otra para intentar tejer una telaraña de respuestas; no necesariamente certezas, sino ideas que calmen un poco el desasosiego general.

En estos tiempos, uno de los temas que más me interesan es el de la dicotomía entre la mujer y el hombre. Especialmente en el contexto actual e internacional en donde se cuestionan, en mayor o menor grado, las culturas y la configuración de las interacciones sociales sobre los roles de género. De algún modo el lugar natural de las mujeres en el mundo se está retomando a pesar de tradiciones y construcciones de ficción falocentristas. Este proceso es una de las cosas que debemos asegurar que persistan, tanto en el convivio con gente cercana como en medios digitales, públicamente. Somos (deberíamos ser) responsables; por lo que intentar descifrar aspectos del mundo actual, rastrear sus orígenes, comprender su vigencia y analizar sus propósitos y estructura, es una tarea para las todas personas, especialmente las que se consideran investigadoras o artistas.

Me llama la atención la abundancia en iconografía y arquitectura en el mundo referente a órganos sexuales masculinos. No parece que su creación sea arbitraria o sin consciencia; por tanto los conceptos de réplica (copia, repetición) y el de origen, me parecen claves para iniciar una búsqueda especulativa a través de algo de historia y ficciones, y tratar de descifrar el relato generalizado del poder masculino.

La repetición es una de las características fenomenológicas que más nos competen en nuestra condición humana y como parte del universo. La copia y la retransmisión constituyen el lenguaje del tiempo y de la materia; constelaciones, códigos genéticos, cadenas de átomos y moléculas, sistemas planetarios y galácticos: todos discursos y mensajes que se replican de incontables modos. Aunque para nosotros, aparentemente, la cópula es el mecanismo que más nos interesa como especie y ente cultural, debido a varios ejemplos de la historia universal, desde tiempos antiguos hasta la actualidad, que involucran herramientas de configuración de ideas, como arte, política, economía y, especialmente, religión.

Una de las civilizaciones más emblemáticas e influyentes es la del antiguo Egipto, que tiene una mitología conformada por relatos donde la presencia del sexo y referencias directas a órganos sexuales y ceremonias en torno a ellos, fundan una cosmovisión a partir de la identidad divina y la fertilidad, en la que el cuerpo físico es un agente primordial tanto en la vida como en la muerte, que no es más que una reconfiguración informática y sensorial de la anterior.

Nut es una de las primeras diosas en existir de acuerdo a la mitología del antiguo Egipto. Ella es hija de los dos primeros hijos del padre de todo, Ra (el Sol), quien eyaculó sobre las primeras aguas para crear vida. Nut era la personificación del cielo, la bóveda celeste, y llegó al mismo tiempo que su hermano Geb, quien representaba a la tierra. Ambos iniciaron una relación incestuosa de constantes encuentros sexuales, de los cuales nacieron cuatro dioses importantes: Osiris, Isis, Seth y Neftis, quienes también se emparentaron entre sí (Osiris con Isis y Seth con Neftis) para gobernar a los primeros humanos, quienes nacieron del llanto de Ra.

Las estrellas también son consideradas como hijas de Nut y Geb.

A diferencia de otras mitologías, como en la griega, en la del antiguo Egipto el rol del cielo es representado de manera femenina, mientras la tierra es un ente masculino. Una posible explicación de que esto sea así puede ser la ubicación geográfica que comprende Egipto; regiones de desierto con contados oasis y lluvias muy escasas, donde las comunidades se asentaban en los bordes del río Nilo hasta su desembocadura con el mar Mediterráneo, y más al este en la zona donde se encuentran el mar Rojo y la península del Sinaí. Los primeros egipcios relacionaron estas «fuentes de vida», que se encuentran en la tierra, con el semen, correspondiendo a su mito de creación; cuestión que encuentra un contrapunto con el mito de la muerte y resurrección del dios Osiris, al que le fue construido un falo artificial sobre su sarcófago por parte de su esposa Isis, luego de que el maligno Seth asesinara y cortara a Osiris, por envidia, en 14 pedazos y que Isis recuperará todos menos su falo. Después de que Isis construyera este falo sobre el cuerpo de su esposo muerto, mediante poderes divinos, lo resucitó y copuló con él en forma de milano. De este encuentro concibió al dios Horus, con cabeza de halcón, quien tiempo después se prepararía para vengar a su padre y traer un nuevo orden a la tierra. Una antigua y sagrada ceremonia conmemoraba el relato de la fecundación de Isis, a quien identificaban con la estrella Sirio, cuya primera aparición en el cielo cada año coincide con el desbordamiento del Nilo, que incluía una fiesta en la que el faraón, considerado un dios en la tierra, debía masturbarse y eyacular sobre el río para bendecir las cosechas del año.

Isis, ocupando una posición superior, como su madre Nut; y Osiris, emulando la posición de Geb.

Estos mitos presentan un paradigma en el que la figura de la mujer es quien domina el acto sexual y reproductivo. Tal cosa es impensable para las sociedades patriarcales que edificaron nuestra civilización actual, que sostienen la superioridad del hombre ante la mujer, como si, justamente replicaran y mantuvieran, a toda costa, la erección del pene. Las implicaciones negativas de esta configuración son innegables, no sólo por deformar aspectos de control y poder en la dinámica social y personal entre hombres y mujeres; corresponden a la imposición de roles de género, justificados con un supuesto orden natural heredado de culturas falocentristas que no es más que una construcción artificial que se reafirma mediante la conquista intelectual, parte fundamental del éxito colonialista.

El placer sexual masculino y la relevancia de sus orgasmos, convierten a la eyaculación en uno de los sucesos naturales más importantes para las sociedades patriarcales. Hay una preocupación en el poder, lo que puede explicar por qué relatos como los anteriores son escasos en las historias de occidente: se planta la propuesta de la carrera del hombre por asegurar su lugar al mismo tiempo que busca agrandarlo, desplazando a quien pueda estar arriba de él, ya sean los dioses o las mujeres. Ra, Odín, Jehová, etc., se nos presentan como los verdaderos y primordiales dadores de vida, en procesos de creación de vida que no incluyen a la mujer, solo al poder intrínseco en la masculinidad. Queda claro el propósito de hacer perdurar la transmisión de un mensaje masculino, que a lo largo del tiempo solo se fue deformando de manera más grave, no sólo en occidente, generando ideas más extremas sobre los lugares que ocupan la masculinidad y la feminidad.

La religión, el arte, la tecnología y el lenguaje se consagraron como herramientas efectivas de retransmisión de información para las modificaciones del orden. Antenas, pirámides, obeliscos, y otros monumentos reminiscentes al pene pueden ser interpretados como elementos de la historia fálica del control y el orgullo; entes de comunicación que están para fecundar al cielo y las estrellas (Nut e Isis) y el espacio bajo ellas. Datos, información, ideas, conocimientos tejidos con ficciones que reafirman el aparente orden del universo y la vida terrenal: identidad y dispositivos del hombre (ente masculino) como supremo “dador“.

¿Y hacia quiénes van dirigidos esos mensajes? ¿A las y los dioses en el cielo? ¿A nosotros mismos, los hijos de los hombres, y a nuestros incontables descendientes (copias)?

La historia patriarcal de la (des)información (arte y cultura), es la de los hombres en sus esfuerzos por asegurar su lugar entre los suyos, que puede ser uno muy alto, más alto que Nut. Un lugar que persista el paso del tiempo y la transmutación, a menos hasta que el testigo omnipresente Ra se entregue para siempre a la oscuridad.

Referencias

https://archivoshistoria.com/sexo-antiguo-egipto/

https://www.hisour.com/es/phallic-architecture-29515/amp/

https://youtu.be/KKLy3MVhaB0

https://youtu.be/O5dXz1Tq_Yg

OpenMediaLab.Art